4 de Noviembre de 2013

Johnson: Criando a un niño bilingüe

Publicado en The Economist

29 de octubre de 2013

 

Este fin de semana Johnson disfrutó de una fiesta tradicional de los Estados Unidos en Berlín: la fiesta infantil de Halloween ofrecida por sus vecinos, una pareja mitad alemana, mitad estadounidense. Además de colas de sirena, antenas de mariquita o cuernos de monstruos, casi todos los chiquillos presentes en la fiesta tenían un accesorio adicional: un segundo idioma.

El propio hijo pequeño de Johnson aún no aprende a hablar a los casi 18 meses, lo cual se traduce en que cada petición no entendida y satisfecha en el acto, puede convertirse rápidamente en un grito penetrante. Pero nos confortamos sabiendo que Johnson junior es perfectamente normal desde el punto de vista cognitivo. Si su lenguaje tarda en desarrollarse es probablemente, por un lado, porque es varón y por el otro, porque está inmerso diariamente en tres idiomas: inglés y danés en casa, y alemán todo el día en la guardería. Para mayor confusión, los tres idiomas tienen muchas palabras parecidas: ¿es bread, Brot o brfd? ¿Apple, Apfel o aeble? ¿House, Haus o hus? Palabras como estas son casi todas derivadas del alemán, por lo tanto aparecen en su mundo muy frecuentemente.

Los niños criados en un ambiente bilingüe o multilingüe muestran características muy similares. Al principio mezclarán los idiomas. Cometen errores al usar la sintaxis de un idioma y las palabras de otro. (“Touch the guitar”, diría la hija de mi vieja profesora de español, en lugar de “Play the guitar”). Pero esos problemas desaparecen rápidamente. A los tres o cuatro años, los niños son capaces de separar correctamente los idiomas, distinguiendo cuál puede hablarse con quién. Su domino en cada idioma será la envidia de cualquier estudiante adulto de idiomas.

Muchos padres creían anteriormente que enseñar al niño un segundo idioma era una mala idea, porque interferiría con el desarrollo del primero y más importante de los dos. Pero estas deplorables creencias están desactualizadas. Algunos estudios (como este) parecen mostrar que los niños bilingües tienen menos vocabulario en cada idioma (en etapas tempranas del aprendizaje) que los niños monolingües. Pero otros estudios (como este) muestran que no hay carencias de vocabulario en ninguno de los idiomas. En todo caso, la influencia del mono o bilingüismo en la amplitud del vocabulario es luego superado por la importancia de la educación, el estatus socio-económico y los hábitos de lectura y escritura. En pocas palabras, hay poca evidencia de que criar a un niño bilingüe afectará el desarrollo de su idioma primario.

Los beneficios, por contraste, son fuertes y duraderos. Los niños bilingües a una edad tan temprana como los 7 meses, se desempeñan mejor que los monolingües en tareas que requieren “funciones ejecutivas” como priorizar y planificar tareas complejas y “cambiar la marcha de los engranajes mentales”. Esto es debido, probablemente, a que monitorear el uso de dos idiomas, es en sí mismo un ejercicio de “función ejecutiva”. Tales estudios tienen grupos de control para analizar la variable del estatus socio-económico y muestran que se obtienen los mismos efectos beneficiosos en niños bilingües de familias pobres. Finalmente, los efectos parecen mostrarse a largo plazo: las personas bilingües que van a desarrollar Alzheimer, lo hacen a una edad más avanzada, en promedio, que los monolingües.

Todo esto es evidencia importante para incentivar un ejercicio mental que puede dar a los niños una ventaja vitalicia. ¿Tendría Ud., entonces, que correr a apuntar a su niño en cualquier curso de idiomas que pueda encontrar? Pues no. Como dice el dicho: al que tuviere, le será dado. El bilingüismo tiene ventajas para Ud., si lo ha adquirido desde el nacimiento. Los dramáticos estudios que se han mencionado sólo aplican a bilingües “de cuna”, niños criados con ambos idiomas, hablados por nativos de esa lengua, en sus casas.

Incluso, tener en casa un nativo de otra lengua entre los padres, no es suficiente en sí mismo. Si un niño es criado por un anglófono y otro bilingüe, en un país de habla inglesa, por ejemplo, el segundo lenguaje del niño puede atrofiarse si el padre bilingüe no es estricto acerca de conducir todos los intercambios con el niño en la segunda lengua. Esta es la raíz de la teoría de “un padre, un lenguaje” que defienden muchas familias bilingües. Según esta teoría, la constancia es importante para el cerebro aprendiz.

Pero un investigador en el tema, François Grosjean, está en desacuerdo con que este método de “un padre, un lenguaje” sea indispensable. En cambio, él dice que “el factor necesidad es crucial”, esto es, que el niño debe experimentar situaciones monolingües regularmente, en cada idioma. Si no hay dominios (la escuela, viajes, abuelos) donde sólo uno de los dos idiomas puede usarse, “los niños son muy buenos juzgando si vale la pena mantener un idioma o dejar que se desvanezca”. Una opción que recomienda es hablar sólo un idioma en casa y el otro sólo fuera de casa (esto requiere, sin embargo, que ambos padres dominen ampliamente ambos idiomas).

Para padres que no tienen la posibilidad de que sus niños sean bilingües de nacimiento hay, por supuesto, muchas razones para enseñar a los niños una lengua extranjera, y muchos beneficios asociados. Aquí, sin embargo, el tiempo no está a favor de los padres y profesores. Cuanto antes comiencen los niños con el segundo idioma, mejor lo aprenderán. Noruega ha introducido ya el inglés en el primer año de escuela y Dinamarca lo va a hacer próximamente. Los idiomas de estos países, a diferencia de Francia, Alemania o España, son hablados sólo por sus habitantes, y la habilidad para dominar una segunda lengua es crucial para su competitividad futura. Esta es la expresión más clara del “factor necesidad”.


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